Ficción hereje para lectores castos

GIOVANNI RODRÍGUEZ.

(San Luis, Santa Bárbara, Honduras, 1980)
Estudió Letras en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula. Es miembro fundador de mimalapalabra y editor del blog www.mimalapalabra.com.
Durante 2007 y 2008 coeditó la sección literaria del mismo nombre en Diario La Prensa de Honduras. Leer más

martes, 14 de abril de 2009

Las maneras cristianas, según Vagabundo





Leo en el blog Ciudad Zorzal este texto que habla de la experiencia de un ciudadano "vagabundo" en la Catedral de San Pedro Sula. Muy divertido:

Vagaba por el centro de San Pedro Sula y sentí el llamado divino. Me acerqué a la catedral. No se si alguien más se atreva a decirlo, pero la catedral apesta, sí… digo que la catedral apesta literalmente. Iba caminando por la primera calle y cuando llegaba a la catedral observé un árbol de indigentes. No era un árbol de cuervos, era un árbol de indigentes. Me exigieron peaje, yo sabía que no era obligatorio darles algo. Entonces uno comenzó a orinarme desde una rama y los demás chillaban como monos. La catedral y yo apestábamos a orines, todo por no darles un mugroso lempira. Apliqué mal lo del opio del pueblo y otras pajas con respecto a la caridad y la moral y la religión y los botes de resistol, mierda, que imbécil soy. Decidí no entrar a la iglesia.

Al siguiente día con mi ansia religiosa todavía latente por fin entré a la catedral. Llevaba el periódico, me senté en una banca y me puse a leer. No tardó en llegar el encargado a llamarme la atención. Me dijo que estaba prohibido leer el periódico dentro de la iglesia. Le dije que el sol ya estaba insoportable y que no veía nada malo en lo que estaba haciendo, como siempre. Se lo que piensa del asunto estimado lector. Que soy un insensible, un idiota que no se fija, pero créame, necesitaba probar la cristiana paciencia de alguien.

Me dijo que estábamos en la casa del señor, que era incorrecto mi lectura mundana. Me dijo que en la casa del señor no se permitían tales cosas, me exigió respeto, mencionó que tampoco se permitían parejas expresándose caricias o besándose en la catedral. Me dijo que debía llamarme la atención ya que ese era su trabajo. Yo insistí en que me argumentara el por qué, la razón por la cual alguien no debía leer el periódico en la iglesia, le dije que yo estaba tranquilo y en silencio, que no estaba gritando o blasfemando. Él me dijo que esas eran las reglas. Entonces yo le dije que no las entendía. Me sorprendió, pues me dijo que “Mala Suerte Entonces” decididamente había perdido su cristiana paciencia. Entonces yo lo miré y con una sonrisa irónica le dije que talvez el ejercicio de leer el periódico en la catedral pudiera ser el más cercano a una verdadera reflexión. Me vestí de una hipócrita virtud y le mostré la portada del periódico, yo reflexiono, leo y reflexiono y le hago preguntas a Dios…

Pero continué. Si usted cree que Dios creó al hombre y a la mujer debe entonces ver que un beso en la iglesia es algo sagrado y profundo, algo que puede llevar a un éxtasis divino. Lo que significa que Dios creo el pene y la vagina de la mujer. Los ojos se le incendiaron y me arrebató el diario y me dijo que me largara de una buena vez. Yo le dije que era un alma atormentada que buscaba paz, le conté lo del indigente y le dije que mejor agarrara un trapeador y un bote de asistín sabor uva. Él me dijo que llamaría a alguien más y me sacarían a la fuerza. Exigí hablar con el sacerdote, le dije que me sentía indignado. Además, le dije, necesito saber la opinión de la iglesia con respecto a la píldora del día después, pues la gente se acostumbra a ciertas cosas y le hablé de una lluvia de abortos. También necesitaba saber como hacer para no tener deseos carnales y preguntar sobre el silicio. Pero obviamente el individuo estaba ya muy alterado. Traté de calmarlo, le pedí disculpas y él me extendió la mano de una manera violenta, le di la mano y salí de la catedral. Este lugar apesta, le grité, póngase a trapear por el amor de Dios. Venga y hágalo usted, me dijo. No, usted debe ganarse el cielo, pues jodiendo quién sabe, ayúdenos a respirar tranquilos por la gran puta.

Un día intenté leer un libro en una biblioteca cristiana y me sucedió algo parecido. Los cristianos sí joden, verdad de Dios que sí.